viernes, 28 de septiembre de 2012

Carrillo visto por Carrillo (II)

 
Fijadas por él mismo, como ya hemos visto, en fecha tan tardía como 1993 las posiciones ideológicas de Santiago Carrillo seguían a años luz de la más mínima convicción democrática. Abordemos ahora de la mano del ex dirigente del PCE el tema de su supuesto y alabado pacifismo durante la Transición al que tanto, según sus rendidos admiradores, hemos de agradecerle: curioso argumento en cualquier caso el de que haya que agradecer a alguien que no emplee la violencia, aunque no haya sido por falta de ganas, y que es muy ilustrativo sobre la catadura moral de quien lo esgrime.

Las acciones terroristas de la banda ETA fueron recibidas con enorme simpatía por buena parte de la oposición anti franquista, circunstancia ésta que ha influido, sin duda, en la notable perduración de ETA. No fue Carrillo ajeno a esta generalizada admiración por los terroristas y en 1965, en “Después de Franco, ¿qué?” pontificaba Carrillo sobre “Grupos progresistas como el FLP o la ETA, que han agrupado en sus filas militantes valiosos”. Vemos, por tanto, que para el pacífico comunista el progreso y el valor se hermanaban con los que empuñaban las pistolas. En 1971, ahondaba en “Libertad y socialismo” en la identificación de los terroristas como heraldos de la libertad: “Es la Euzkadi obrera y la nacional que por la voz del Partido Comunista Vasco y de los jóvenes de ETA grita su odio a la opresión social y nacional”. Con rotunda franqueza, y en plena coherencia con su recorrido ideológico, se posicionaba Carrillo a favor del terrorismo.

De la misma franqueza hizo gala Carrillo en 1972 el VII Congreso del PCE, en el que no descartó el recurso a la violencia: “Cualquier cambio revolucionario, por incierto que sea, exige la anulación del orden anterior y esto no es posible sin una mediación de coerción y de fuerza”. A nadie debe sorprender la querencia de Carrillo por la violencia, pues las totalitarias ideas por él profesadas sólo han triunfado por la fuerza de las armas. Y, como reconoció en 1974, esas ideas totalitarias eran las que quería imponer al resto de españoles: “La toma del poder tiene que ser democrática […] En el transcurso de este proceso llegará un momento en que la democracia formal será sobrepasada por la necesidad de profundizar la democracia en el sentido del socialismo”. Podría haber dicho más alto pero no más claro cuáles eran sus intenciones. Y éstas sólo podrían devenir en dramática realidad con el uso de la violencia. Afortunadamente, las ideas de Carrillo y su gusto por los métodos violentos fueron rechazados por la mayoría de los españoles, posibilitando así la convivencia pacífica y democrática.

Como el propio Carrillo nos ha explicado, su sustrato ideológico se ha mantenido incólume a lo largo de las décadas. Quien quiera defender al fallecido jefe comunista en su derecho está; quien lo haga en nombre de la libertad no, al estar faltando gravemente a la verdad. Libertad, democracia y justicia son conceptos absolutamente incompatibles con el personaje que, en vergonzosa y vil perversión de la realidad, glosó así en 1967 las bondades de la más opresora de las dictaduras que haya conocido el ser humano: “La característica de la dictadura del proletariado no es, pues, ni la restricción de las libertades políticos para los adversarios de clase, ni la violencia contra las personas integrantes de esas clases”.

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