domingo, 23 de septiembre de 2012

Posibles razones del separatismo en Cataluña (2/5)



Ningún nacional-independentista catalán va a reconocerse a sí mismo como el fruto de una obra 'cultural' propagada a lo largo de varias décadas. En realidad, se trata de aculturación, puesto que es una minoría social la que impone a otra lo que debe sentirse. El nacionalismo ha inculcado sus ideas en las aulas (e incluso en los patios de recreo), buscando modelar así, con notable éxito, el carácter de los jóvenes. Solamente el ambiente familiar, cuando de padres responsables se trata, ha logrado atenuar a veces el pensamiento único infundido en un sistema educativo claramente adoctrinante. De ahí que ciertos nacionalistas, como Durán i Lleida, hayan puesto el grito en el cielo y llamado al desacato ante la posibilidad de que la nueva Ley de Educación fije con claridad la parte de contenidos comunes que le corresponde decidir al Estado, y tal vez cese de este modo el irresponsable desistimiento de la etapa anterior, según la cual el nacionalismo venía haciendo lo que le daba en gana. ¿Quiere esto decir que el nacionalismo catalán va a cambiar el programa de las asignaturas que imparta? En absoluto, no lo hará, lo diga la ley o lo diga el más venerable santo que baje del Cielo. Simplemente el nacionalismo se pasará por detrás cuanto apruebe el Parlamento español, como se ha pasado durante años las sentencias de tres altos tribunales respecto a la inmersión lingüística. Sin que el Gobierno de España haya dicho ni pío, para vergüenza de todos los ciudadanos.

Admitir algo así, ser uno el fruto de una obra 'cultural', supondría aceptar que se vive dentro de una comunidad casi 'amaestrada', de perritos que pasan por los aros y sueltan su guau a cualquier intelectual que les afee la conducta o les advierta de que practican docilidad perruna. El nacional-separatista, a la hora de reclamar una libertad de elección que jamás ofrece cuando es él quien decide, es muy capaz de representarse casi a la perfección el aparatoso escenario del fascismo o del nazismo con el que acusar a los gobiernos de España, pero lo que hasta ahora no ha sido capaz de ver, por más cercano que le quede, es en qué clase de atmósfera asfixiante se desenvuelve su nacionalismo identitario. No, no reconocerá nunca la condición de cobaya de laboratorio, y para rechazar el haber sido adoctrinado en lo diferencial alegará como poco un: "¿Adoctrinado yo, me tomas por tonto?", eso sí, de inmediato recordará el buen criterio que todo catalán ha poseído desde siempre, que es ese "seny" comodín válido para casi todo. No lo reconocerá ni siquiera para admitir parcialmente que no pocos de sus correligionarios, esencialmente los que suelen berrear en las manifestaciones y quemar banderas en ellas, además de perpetrar fechorías de tipo "escamot" contra partidos rivales o proferir amenazas en Internet, han desistido de practicar la libertad de pensamiento y prefieren que se les guíe hacia lo que consideran "acción" cuando no es más que un sometimiento borreguil, que es el estado de ánimo ideal de la población y el fin último al que aspira cualquier poder nacionalista. ¡Cualquiera!

Tampoco son partidarios de aceptar una realidad tan artificiosa los que, sin llegar a ser separatistas acérrimos, practican una suerte de catalanismo identitario más disimulado que justifican mediante la creencia de que existe "algo distinto" entre los suyos y ese "algo" debe potenciarse y reverenciarse en otros territorios de España y del mundo. Por ejemplo, Gaudí es venerado por el nacionalismo, pero no solo por ser un arquitecto genial, sino por situar a Barcelona en el mapa de los japoneses, que luego la propaganda ya se encargará de indicarles a esos visitantes, mediante el correspondiente folleto, que Barcelona es la capital de una nación llama "Catalunya" que nada tiene que ver con España. Pues sí, esa "diferencia" es un algo infuso que a veces denominan "voluntad de ser" porque ni ellos mismos saben explicarlo sin recurrir al hecho histórico estrafalario,  al consabido "España nos roba" o a lindezas semejantes. Parece como si definieran la voluntad de ser reafirmando su postura "en contra de", nunca "a favor de" o "junto a"... ¿Voluntad de ser qué?, se pregunta uno. ¿Más rico, más sabio, más libre, más hermoso..., o todo ello al mismo tiempo? Como si esa voluntad o sentimiento no formara parte de toda la especie humana desde el inicio de los tiempos.

Flaco favor se hicieron a sí mismos los catalanes de la época cuando algunos de ellos decidieron tomarse en serio el Romanticismo de finales del XIX, una corriente socio-cultural cuyo nombre incluso suena muy bien a condición de que no vaya acompaña de la palabra 'política'. Porque el romanticismo político confiere prioridad absoluta a los sentimientos (y mucho más si son inculcados), evade muy a menudo la realidad de su entorno (prefiere crear sus propias esencias) y a la postre genera una suerte de totalitarismo en la clase gobernante cuyas ideas no dudan en usar como herramientas para alcanzar la utopía previamente definida por el romanticismo, donde las raíces sentimentales se buscan en un pasado, sea cierto o no, del que rescatan héroes y heroicidades a los que venerar y convertir en portadores de unos estandartes que las masas deberán seguir ciegamente. En cualquier caso, nunca debería de olvidarse que tanto el fascismo como el nazismo fueron hijos degenerados y tardíos del romanticismo político.

Quizá también le interese:

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Comentarios moderados.