domingo, 26 de julio de 2015

Conmigo o contra mí


Libertad, ¡loada palabra!  Libertad, incompatible con las cadenas del socialismo real, el nacionalismo y el populismo.

Para un liberal, o al menos para un liberal-conservador como es mi caso (ver el ideario a pie de página), es fácil admitir que en cualquier territorio existen tantas culturas como individuos lo habitan, porque el liberalismo, aun dentro de sus muchas variantes, prefiere destacar y valorar a la persona en contraposición a las ideologías de izquierda, que son mucho más propensas a reunir en grupos a los seres humanos y colectivizarlos. Quizá es así, y digo sólo quizá, porque los hombres a puñados son más manejables que sueltos y a su libre albedrío, y la izquierda tiene pavor a la libertad auténtica que representa el individualismo, de ahí que a menudo intente atraerse a determinados colectivos para aunarlos a sus propias huestes, en el buen sentido, y luego considere al resto como enemigos mortales, en el peor de los sentidos. Porque la izquierda es básicamente dualista, o conmigo o contra mí, y no repara en gastos a la hora de estigmatizar a cualquiera que no pueda controlar a su gusto o que piense de distinto modo.



Un socialista afirmaría sin ningún rubor: “Me interesan los homosexuales pero detesto a los católicos”. Ello es así por razones evidentes, sabe que a los primeros puede llegar a convertirlos en clientes incondicionales (por lo menos a bastantes de ellos) a partir de ciertas leyes complacientes y desinhibidoras, mientras que a los segundos los declara hostiles, y los combate cuanto puede, porque para la mentalidad socialista, que es siempre intrigante, es imposible manipular a quien ya se halla manipulado por el clero.

No olvidemos que el manejo sectario de las personas es la principal herramienta ideológica de la izquierda, donde los que más destacan son los populistas de nuevo cuño y rancia ideología. Luego a los católicos no tratan de atraérselos con halagos o leyes a la medida de sus tradiciones y deseos, como a los del primer grupo, sino que simplemente pretenden socavar los hábitos católicos y provocar que se alejen de su fe y su fidelidad a la Comunidad de creyentes, de ahí que el socialismo y similares ofrezca salidas fáciles a determinadas situaciones, como pueda ser el divorcio rápido y sin causa, el aborto libre o con plazos muy dilatados, la eutanasia más o menos regulada, la píldora del día después, etc., que es todo aquello que la Iglesia rechaza al ir contra la moral católica.

A la hora de encuadrar a las personas, el nacionalismo se comporta exactamente igual que la izquierda y las separa en dos grandes grupos: Adictos o enemigos, a los primeros los favorece cuanto puede y los coloca en las administraciones públicas o en las sociedades que controla, y a los segundos no les da ni una sed de agua y si puede los expulsa de su territorio, como es el caso de los más de 200.000 vascos que han buscado otros horizontes al ser incapaces de soportar tanta presión o amenaza, o como esos miles y miles de ciudadanos catalanes, muchos de ellos maestros o funcionarios de otro tipo, que han preferido pedir el traslado y marcharse a la menor oportunidad antes que seguir en la marginalidad profesional, civil y política.

La gran diferencia entre la izquierda y el nacionalismo, aun cuando ambos sienten un tremendo apego al poder y se consideran los únicos legitimados para gobernar, es que mientras los primeros no valoran lo que tienen, en este caso la nación española, puesto que lo suyo es la inmoralidad del vivir al día, el “ande yo caliente...” y el tras de mí el diluvio, los nacionalistas hacen planes para las siguientes ocho generaciones y algunos presumen de contar con más de 110 años de historia reivindicativa. El nacionalismo, además, se preocupa mucho de fijar con la mayor exactitud posible el territorio donde deben congregarse los suyos, los de su raza o su etnia. Mientras que el socialismo y la izquierda en general, al menos en España, no le da la menor importancia a conservar íntegro el Estado porque prevalece en ellos el deseo de mantenerse en el poder aunque se le vaya reduciendo el suelo que pisa a consecuencia de los peajes que paga a quienes necesita para gobernar.

Para distraer a sus huestes y evitarles que piensen en asuntos realmente serios, tanto la izquierda como el nacionalismo emiten mensajes del tipo “alianza de civilizaciones”, que es la consigna sustitutiva de otras frases como “la dictadura del proletariado” o “trabajadores del mundo, uníos”, o bien del tipo “hecho diferencial”, “España plural, "Estado multicultural", etc. En ambos casos son frases huecas, pero la diferencia entre unas y otras estriba en que mientras los nazis-onanistas exigen fuera lo que no respetan dentro, las consignas de la izquierda, que de nuevo aparecen cargadas de utopía perfectamente irrealizable, quieren mover a alcanzar un seudo universalismo y van destinadas a ese contingente de miles de bobos que les secundan en las facultades, en los medios de prensa o en el submundo de ensayistas y conferenciantes donde siempre hay alguien que teoriza, formaliza y da esplendor a unos lemas sin contenido.

En resumidas cuentas, ambas ideologías totalitarias —cabría hablar de neototalitarias al baño maría— usan y abusan del “conmigo o contra mí”, que es la filosofía más antiliberal posible y que por coherencia debemos combatir sin tregua. Y volviendo al inicio de este artículo, para terminar me gustaría dejar bien claro que uno, precisamente por su talante liberal (la palabra talante siempre debe ir adjetivada o no significa nada), siente el máximo respeto por los homosexuales, pero precisamente por existir en mí ese respeto hacia ellos me molesta que se les use como mercancía electoral y se les engatuse de cara a esos desfiles del "Orgullo" que acostumbran a encabezar y presidir ciertos elementos de la izquierda. Claro que aún siento mayor rechazo al ataque frontal contra el mundo cristiano que el socialismo practica.

Artículo revisado, insertado inicialmente el 25 de noviembre de 2004 en Batiburrillo de Red Liberal

PD: El comportamiento sarmentoso de los partidos de izquierda y el de los nacionalistas no ha variado un ápice desde que elaboré el artículo. Al contrario, la aparición de los comunistas exaltados de Podemos, que como vemos por su comportamiento en las alcaldías son auténticos antisistema para los que la ley apenas cuenta, junto a la radicalidad de Pedro Sánchez, que es incapaz de impedir que el PSOE (una formación de la izquierda en teoría moderada que ahora no se comporta así) pacte con lo peor de lo peor con tal de que la derecha no gobierne, hacen que los párrafos precedentes mantengan toda su vigencia.

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