viernes, 31 de julio de 2015

Sobre la 'voluntad de ser' en el nacionalismo, 2 de 5

Desde bien pequeñitos (y desde hace 30 años), a los escolares catalanes se les inculcan sentimientos independentistas, como es posible observar en la imagen. En este caso se hace a través de unas manualidades muy sencillas que consisten en enlazar "estelades" (banderas no oficiales, o sea, independentistas) para formar una caja destinada a los lápices. El trabajo posee el rasgo subliminal (persuasión indirecta) que supone aunar elementos (banderas) y alcanzar así un objetivo, la caja, que equivale en este caso a la independencia. Es, con absoluta claridad, un lavado de cerebro destinado a crear independentistas. No hay duda alguna, quienes así actúan con los niños son unos catalanes despreciables. Esta misma imagen, pero con la bandera oficial de Cataluña, la "senyera" solo de las cuatro barras, supondría algo muy distinto: patriotismo. 

La devoción a la “voluntad de ser”, que se esgrime como una especie de síndrome de abstinencia que impulsa a la fe reivindicativa, al parecer es algo que a los nacionalistas catalanes y vascos, al contrario de lo que sucede en cualquier cuadro clínico de ansiedad, no sólo no les aminora el raciocinio sino que les otorga un agudo criterio para juzgar la realidad, como si mediante la “voluntad de ser” se doctorasen en justicia natural a fin de exigir el reconocimiento de unas singularidades que luego deberán convertirse en prebendas, las cuales compensarán en parte, solo en parte, las afrentas históricas a su tierra cometidas por España. No por un determinado rey o por tal o cual gobernante, sino por España.

Hablar de la “voluntad de ser”, como sucede al abordar cualquier otro cuadro de ansiedad, es de lo más complejo y árido, y desde luego excederá siempre de las pocas líneas de un articulillo como es este. Y digo articulillo porque más de un siglo de fabulaciones, enjuagues y componendas nacionalistas, con varias generaciones adoctrinadas capa sobre capa, no pueden refutarse como es debido, ni con la suficiente dosis de metadona argumental como para aliviar la abstinencia de esos ansiosos. No, no podría refutarse ni escribiendo todo un tratado del tamaño de la enciclopedia Espasa de 114 volúmenes. Pero a ello voy, quizá surja alguna idea que encienda otras.


Probablemente exista una multitud de razones para que una parte del pueblo desee renunciar a sus raíces o no las reconozca como propias. Casi podría asegurarse que el inicio del odio actual que los nacionalismos catalán y vasco sienten hacia la idea de España (igual que el nacionalismo gallego, el novísimo nacionalismo canario y otros nacionalismos de garrafa, muchos de ellos plagiarios) arranca con la desaparición de la monarquía absoluta en nuestra patria, la implantación de los partidos políticos, el inicio de la Revolución Industrial en España y el desastre del 98, circunstancias aprovechadas por gentes sin escrúpulos para acceder a poderes locales, exteriorizar a los cuatro vientos todo su fanatismo aldeano o refugiarse en unas fronteras mentales, de patria chica, acordes a su mezquindad. Los siguientes párrafos tratarán de argumentar en la medida de lo posible tales afirmaciones.

Como consecuencia de la Guerra de Independencia, 1808-14, y ante el vacío que representaba el secuestro de la familia real española por Napoleón, se creó lo que se conoce como la Junta Central, un órgano de gobierno destinado a dirigir la lucha contra la invasión francesa. Dicha Junta, entre cuyos componentes comenzaron a calar las ideas liberales, convocaron Cortes constituyentes en Cádiz y nos ofrecieron una Constitución: “La Pepa”, así conocida por ser promulgada el 19 de marzo de 1812, festividad de San José.

En los siguientes años España padeció la regencia de uno de los monarcas más incapaces que ha tenido nuestra patria, Fernando VII, que pasó por tres etapas distintas, todas impuestas: Un período de absolutismo, basado en el Manifiesto de los Persas que solicitaba la vuelta al Antiguo Régimen. El Trienio liberal a partir del pronunciamiento de Riego, que obligó al Rey a jurar la Constitución. La intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, acordada en el Congreso de Verona por la Santa Alianza, que restauró de nuevo el absolutismo. El rey Fernando VII, llamado inicialmente El Deseado, en lugar de pagar con liberalidades cuantos esfuerzos hizo el pueblo para restaurarle en el trono y conservar íntegro el reino, no sólo reforzó los mayorazgos y señoríos sino que premió generosamente a los 69 diputados “persas” otorgándoles prebendas y títulos.

La etapa absolutista de Fernando VII duró hasta su fallecimiento en 1833. El pueblo español, en su conjunto, padeció la represión política, el desengaño ante la monarquía y la pesadumbre de perder las grandiosas colonias americanas. Cierto sentimiento de desprecio hacia la Corona española, identificada desde siempre con la propia Nación, comenzó a surgir por doquier, sobre todo en los dos territorios más relacionados con Francia: Cataluña y el País Vasco, que por entonces contemplaban de cerca los efectos de la Revolución de 1830 en el país vecino.

Una revolución que costó la abdicación al monarca galo Carlos X y que se extendió por diversos países europeos. También, de algún modo, reanimó en España ese espíritu liberal tan hostigado por Fernando VII. Como consecuencia del movimiento revolucionario francés de 1830, hubo una circunstancia, además, que marcó la pauta de lo que podía llegar a hacerse cuando una región no se sentía favorecida dentro del reino que la acogía: La independencia de Bélgica de los Países Bajos, proclamada por una coalición de liberales y conservadores en octubre de 1830 y ratificada al año siguiente por las grandes potencias, contra la voluntad de Holanda. En este caso, la independencia de Bélgica no deja de ser un episodio de justicia poética, porque Holanda llevaba varios siglos sumándose a cualquier conspiración que sirviera para debilitar otros estados de Europa, especialmente España.

Sería interesante recordar, para finalizar esta segunda parte, que el separatismo (algunos lo llaman nacionalismo) es ante todo mimético y tiende a agarrarse a un clavo ardiendo o a cualquier fabulación hiperbolizada para sentirse necesitado de libertad. Bélgica, en su momento, sirvió de ejemplo a muchos territorios europeos que por una causa u otra no se encontraban a gusto en los estertores de las monarquías absolutas. Un ejemplo que caló hondamente en España, a cuyo Imperio había pertenecido Bélgica hasta bien entrado el siglo XVIII.

Artículo revisado, insertado inicialmente el 31 de julio de 2004 en Batiburrillo de Red Liberal

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