lunes, 17 de agosto de 2015

Cataluña, dos millones sin papeles (340)

Josep Pla, el más grande escritor de Cataluña. Permaneció alejado de cualquier tentación nacionalista fuera de algunas colaboraciones literarias, al inicio de la II República, y por encargo del moderado Cambó. Hacia Pla, con esa sonrisa de pícaro curtido en mil aventuras 'sobrehumanas', incluso sin haber leído nada suyo (lo que no es mi caso), uno puede sentir tanta simpatía como ternura y admiración sincera.  

Cataluña es el idioma. Alrededor de su peculiaridad lingüística gira desde hace muchas décadas toda la política en ese territorio: Hablo del catalanismo de finales del siglo XIX, del nacionalismo del XX y del separatismo del XXI. La Historia nos cuenta que el catalán ha sido un idioma maltratado, en buena medida porque algunos gobernantes catalanes se lo buscaron a golpe de deslealtad y, por desgracia, lo pagó el pueblo. Pero quienes practicaron el maltrato, comenzando por el rey Felipe V —muy enojado con los que inicialmente le juraron lealtad y luego le traicionaron—, o fueron reyes absolutos o dictadores con poder omnímodo, nunca la España democrática a la que hoy el nacional-separatismo sigue culpando injustamente —ya que así le conviene— del más que superado atraso idiomático del catalán, un idioma que tardó mucho en normalizarse porque la primera gramática, la de Pompeu Fabra, se editó como aquél que dice ayer por la mañana. Nada menos que en 1932. Un idioma que ahora sí está completamente normalizado porque la población catalana lleva más de 30 años sometida a la inmersión lingüística y a la propaganda continuada para que solamente quien maneje con soltura el catalán, hablado y escrito, posea el prestigio social.

Además, Cataluña han contado desde principios del siglo XV con un núcleo muy importante de hablantes castellanos, interesados en conocer el idioma de su rey en la Corte aragonesa, Fernando de Antequera o Fernando I, al que le siguieron no pocos cortesanos procedentes de Castilla, los cuales a su vez facilitaron la llegada de población castellana —Castilla estaba superpoblada en relación a Cataluña— cuando los campesinos liberados en las guerras de los "remensa" pasaron a ocupas tierras conquistadas en el levante peninsular y Baleares o a poblar las ciudades, muchas de ellas asimismo parcialmente despobladas como consecuencia de la peste negra, cuya mayor incidencia se dio sobre todo en Cataluña como consecuencia del trafico marítimo que practicaba en las costas de Oriente Próximo, donde los catalanes poseían numerosos consulados. Barcelona, por ejemplo, pasó de 50.000 habitantes en el siglo XIV a 20.000 en el XV y no recupero el nivel de los 50.000 habitantes hasta las vísperas del 11 de septiembre de 1714, cuando acogió a numerosa población de sus aledaños. En resumen, hubo varias causas para que el idioma de Castilla se asentara en Cataluña: 1) La llegada de una nueva dinastía a la Corona de Aragón. 2) La gran mortandad causada por la peste negra, que dejó una gran demanda de brazos finalmente llegados de Castilla, Navarra, País Vasco, Galicia, zonas donde se hablaba castellano o se consideraba lengua franca. 3) La marcha hacia el sur de muchos campesinos remensas, dispuestos a colonizar nuevas tierras.


Y si hablamos de la literatura castellana escrita por catalanes, salen docenas de autores a los que nadie forzó a escribir en este o aquel idioma. Simplemente, esos autores consideraron más práctico el uso del castellano y con la intención de que se difundieran el máximo posible lo usaron para redactar sus obras. Podrían citarse varios centenares de nombres que, a veces, simultanearon la escritura en catalán y en castellano. La relación iría desde Juan Boscán hasta Albert Espinosa, pasando por Josep Pla, Féliz de Azúa, Francisco Candel, Luis Carandell, José María Gironella, Juan Goytisolo, Luis Racionero, Néstor Luján, Eduardo Marquina, Terenci Moix, Carmen Rigalt, Mercedes Salisachs, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez-Montalbán, Juan Marsé, Javier Cercas, Enrique Vila-Matas, Carlos Ruiz-Zafón, Jordi Sierra i Fabra, Luis Goytisolo, Enrique Badosa y un largo etcétera de grandes escritores, editores y periodistas cuyas letras son honra de Cataluña y del resto de España.

Ahora bien, durante los últimos 37 años, como una especie de venganza de los agravios sufridos en el pasado —agravios que han sido muy magnificados por la historiografía nacionalista, hasta ser convertidos en oprobios limítrofes al genocidio del pueblo catalán—, ciertos políticos han decidido que el idioma que ellos consideran propio debe imponerse a cualquier precio como medio de expresión único y a la totalidad de la población catalana, sea ésta nacida o no en Cataluña. Y tal actitud totalitaria es algo que desde el punto de vista filológico supone una aberración tremenda, pero dicha aberración es aún mayor en el terreno de la ética, sobre todo si se considera que el 56% de los catalanes posee el castellano como idioma materno frente al 35% el catalán, el resto, hasta completar 100, son una infinidad de idiomas, entre los que destacan el árabe y varias lenguas del este de Europa, rumano, búlgaro, ucraniano, etc., cuyos nativos fueron favorecidos para asentarse (Convenio con Marruecos que incluye reunificación familiar) y evitar así, sin conseguirlo del todo, la proliferación de emigrantes sudamericanos. ¿Razón? En tiempos del Tripartito se quiso evitar a toda costa la llegada de emigrantes que hablaran español. Y siguen en la misma línea a pesar de la crisis económica, porque los sudamericanos se fueron marchando, pero los árabes no se va ninguno a pesar de que nadie sabe de qué viven, aparte de las numerosas subvenciones, claro.

De la mano de Jordi Pujol, ese gobernante aprovechado y desleal —ahora también delincuente— que forzó su malquerencia hacia España a partir de su paso por las Milicias Universitarias, donde su corta estatura, sus tics y su chulería lo convirtieron en el objeto de burla de no poco alféreces provisionales. Ese individuo, repito, que presumía de facilitar la gobernabilidad del Estado mientras socavaba sus cimientos en Cataluña e inculcaba fobia rencorosa hacia la Nación española... De la mano de Pujol, debe aclararse, se dieron los primeros episodios de inmersión lingüística como condición imprescindible para crear una patria de diseño basada en el idioma. En el año 1979, el entonces gobierno de UCD, en minoría y necesitado de los apoyos de CiU, permitió que en el Estatuto catalán se incluyera el siguiente despropósito: “La lengua propia de Cataluña es el catalán”. Apenas se decía nada más, pero constituyó la base sobre la que se asentó la política lingüística que debía seguirse en los años siguientes, cuyo penúltimo capítulo fue la impresentable Ley de 1998.

Desde entonces se ha seguido una política en la que sólo el uso del idioma catalán está bien visto en cualquier área de la vida pública. Inicialmente bastaba con hablarlo y defenderse por escrito, lo que incluso hacía gracia a la gente corriente y caías simpático. Pero ya no es así, después de tantos años de adoctrinamiento no sólo idiomático, en los que ha sido raro el curso político sin que se haya dado una nueva vuelta de rosca al menosprecio y la marginación del castellano, se ha pasado a exigir que el catalán se hable y se escriba a buen nivel para acceder incluso al cargo de bedel en un Instituto o al de barrendero de plantilla en cualquier corporación municipal. A sabiendas de que los que no dominen el idioma “propio” con el grado requerido por el nacionalismo, y que en la actualidad ocupan puestos de tal índole, es, simplemente, porque llevan muchos años ocupándolo y la Ley aún no autoriza a despedirlos por tal circunstancia.

Es posible que a medio plazo algunos se resistan a vivir en Cataluña, salvo que no les importe demasiado situarse en una marginalidad aún más acentuada que la de ahora, con las puertas cerradas a la enseñanza, la política, el acceso a las administraciones autonómica y local, etc., actividades éstas donde el dominio del idioma catalán, aun cuando la Constitución exige sólo el castellano para todos los españoles, es imprescindible para incorporarse. Y ya no hablemos de esos miles de ciudadanos, aseguraría que son más de dos millones, que aun entendiendo el catalán tienen enormes dificultades para hablarlo y nulas posibilidades de escribirlo con cierta corrección.

A quien use el castellano en la vida pública, además de ser tildado enseguida de fascista, como es el caso del profesor Francisco Caja de la Universidad de Barcelona, y hacérsele el vacío social más absoluto, puede suponerle determinados problemas no ya profesionales sino incluso de integridad física. De modo que quien no hable y escriba con soltura el catalán debe saber que tendrá que refugiarse en la actividad privada, muy privada. Pero ello no quiere decir que el profesional tenga futuro en ese campo, puesto que la tendencia del nacionalismo idiomático es imponer el catalán en cualquier sector de la sociedad. Y esas imposiciones, cuando no puedan lograrse mediante la subvención, como son los casos del cine, el teatro o las ediciones de prensa y libros, se decretarán por ley e irán destinadas a cualquier actividad empresarial, es decir, se impondrán normas a toda empresa o institución que ofrezca productos o servicios en territorio catalán.

Lo anterior viene a cuento de la limpieza étnico-lingüística que como remate a la labor iniciada por Pujol se está preparando en el Parlamento catalán. Si no bastase la actual Ley de Política Lingüística de 1998, que concede a la Generalidad catalana la posibilidad de hacer prácticamente lo que quiera, el régimen lingüístico aún avanza más en el nuevo Estatuto que se prepara. Del proyecto inicial de dicho Estatuto, que más bien irá al alza y sobre el que Zapatero se pronunció favorable a aceptar lo que aprobase el Parlamento catalán, he podido entresacar algunos párrafos que en sí mismos constituyen un auténtico golpe de Estado. Véase el original seguido de la traducción:

1.- La llengua pròpia de Catalunya és el català. Com a tal, és la única llengua de la toponímia i la llengua de les institucions pròpies de Catalunya, de les corporacions públiques, de les empreses i els serveis públics, dels mitjans de comunicació institucionals i de l’ensenyament, que l’empren normalment de manera exclusiva. També és la llengua emprada de manera preferent per l’Administració de l’Estat i la de Justícia a Catalunya, les empreses i institucions que ofereixen productes i serveis al públic en territori català.

Traducción:
1.- La lengua propia de Cataluña es el catalán. Como tal, es la única lengua de la toponimia y la lengua de las instituciones propias de Cataluña, de las corporaciones públicas, de las empresas y los servicios públicos, de los medios de comunicación institucionales y de la enseñanza, que la usarán normalmente de manera exclusiva. También es la lengua empleada de manera preferente por la Administración del Estado y la de Justicia en Cataluña, las empresas e instituciones que ofrezcan productos y servicios al público en territorio catalán.

2.- El català és la llengua oficial de Catalunya, així com també ho és el castellà, oficial a tot l’Estat espanyol. Tots els catalans tenen el deure de conèixer les dues llengües oficials i el dret d’usar-les indistintament d’acord amb la Llei i ningú, a Catalunya, no pot al·legar-ne desconeixement amb validesa jurídica. Els poders públics garanteixen el coneixement de les dues llengües oficials i la disponibilitat lingüística de tot el personal al seu servei a Catalunya i de tothom que hi exerceix funcions públiques.

Traducción:
2.- El catalán es la lengua oficial de Cataluña, así como también lo es el castellano, oficial en todo el Estado español. Todos los catalanes (1) tienen el deber de conocer las dos lenguas oficiales y el derecho a usarlas indistintamente de acuerdo con la Ley y nadie, en Cataluña, puede alegar desconocimiento con validez jurídica. Los poderes públicos garantizan el conocimiento de las dos lenguas oficiales y la disponibilidad lingüística de todo el personal al servicio de Cataluña y de todo el que ejerza funciones públicas.

Sería interesante aclarar, finalmente, que el proyecto de Estatuto se refiere a los catalanes (1) como: Residentes y transeúntes. Es decir, cualquier español, por el simple hecho de empadronarse en Cataluña, adquiere la obligación inmediata de conocer el catalán. Y eso será así, aunque su situación sea la de transeúnte. Lo que hace pensar que en ese instante Cataluña se cerrará de un modo legal a cualquier estancia temporal medianamente prolongada por motivos de trabajo, estudio, etc. Que sería el caso del siguiente ejemplo:

Si se cumplen ciertos planes del Gobierno socialista, como el traslado del personal de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones a Barcelona, y al mismo tiempo se aprueba lo que algunos dan por hecho: El nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, entonces podríamos encontrarnos con 140 funcionarios desplazados contra su voluntad a Barcelona, que se incorporarían allí junto a sus familias y que representarían un colectivo de entre 300 o 400 ilegales, desconocedores de la lengua catalana y llegados a la Ciudad Condal poco menos que en patera. ¡Dios, ver para creer! Pero eso no representa más que una pequeña muestra, los dos millones de residentes en Cataluña antes citados, como poco, caerán de lleno en la marginalidad legalizada, los habrán convertido de la noche a la mañana en unos “sin papeles”.

PD: Pido disculpas por un artículo tan largo. He querido argumentarlo a fondo y documentarlo mediante los extractos en catalán y sus correspondientes traducciones. Espero que este trabajo, además, sirva durante un tiempo como consulta a los interesados en el tema.

Artículo revisado, insertado inicialmente el 3 de diciembre de 2004 en Batiburrillo de Red Liberal

Nota: Salvo algún retoque del Tribunal Constitucional al aberrante Estatuto de Cataluña, bien poco ha cambiado en la cuestión lingüística desde que elaboré este trabajo, varios millones de personas siguen marginadas en no pocos ámbitos de la sociedad civil catalana. Pocos cambios, entre otras razones, porque los sucesivos gobiernos nacionalistas no acatan las sentencias de los altos tribunales y además se ufanan de ello. Y eso es así, sin que varios gobiernos de España hayan hecho nada para enmendarlo. 

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