lunes, 3 de agosto de 2015

El 'progricida' o destructor del progreso

Imagen nítida de cómo impacta el progreso al social-nacionalista modo, sectas sedicentes del progresismo. Eso sí, una vez que han originado el consabido estropicio por cuya causa han perdido el poder, en España no hay ninguna duda de que la culpa es del Partido Popular, sobre todo porque suele tardar demasiado en arreglar los destrozos que recibieron de herencia. 

En algunas ocasiones, el mal uso prolongado del lenguaje aleja a ciertos vocablos de su significado original y acaba dándole un sentido antónimo, tal es el caso de la palabra “álgido”, que inicialmente representaba lo más frío de un cuerpo o de una situación y que hoy viene a expresar el momento más candente e incluso emotivo.

Nada se puede hacer, ni vale la pena intentarlo, ante la fuerza de la inercia idiomática popular. Quizá sea lo mejor aceptar con resignación el nuevo significado de esas palabras y desear que no le pille a uno la ambigüedad que en ocasiones encierran. ¿Cómo se conoce a priori si el usuario de “álgido” tiene la intención de envolver el término en frío o en calor? Es posible que nadie sepa a qué atenerse cuando se le diga que sus escritos, por ejemplo, representan un nivel álgido de... lo que sea. Podría darse el caso de que alguno llegase a creer que ha sido ensalzado, cuando en realidad se le puede haber denigrado más o menos veladamente.


Desde luego, no es plan de preguntarle al interlocutor si nos habla en euros o en dólares, es decir, si nos quiere halagar mediante la acepción actualizada de “álgido” o bien pretende arrojarnos al averno del desdoro, puesto que ha aplicado el concepto clásico. Como la sutileza humana no tiene límites, está claro que si le preguntásemos qué ha querido decir con lo de “álgido”, en lugar de escuchar un repique de campanas que alegre nuestro ego, cuyo sonido a veces es tan apetecible, correríamos el riesgo de encontrarnos con una respuesta cargada de desprecio: “En su caso, señor mío, la moneda ha caído de canto, ni son euros ni son dólares, ni frío ni calor, usted es simplemente un mediocre al que no se le puede aplaudir ni censurar, sino ignorar con tibieza”. 

Al margen de la anécdota, que no hace más que intentar demostrar la veleidad de las palabras impropiamente usadas, hay cuestiones clamorosas que no podemos pasar por alto y que es obligado recordar a menudo para combatirlas dialécticamente, aunque sólo sea con la intención de evitar que se degraden del mismo modo que le ocurrió a “álgido”. Por ejemplo: Si cuando a un hombre que atenta contra su semejante, y éste por desgracia acaba muerto, le llamamos homicida, por esa misma regla de tres es evidente que al asesino del progreso se le debería llamar progricida. Repitámoslo: Pro-gri-ci-da. Pues no, en realidad no ocurre así por extraño que parezca, la regla no siempre se cumple.

Una parte de la sociedad, toda ella sedicente (comunistas, socialistas, populistas, nacionalistas y algún “ista” menor, coloreado de alfalfa y relacionado con el entorno más rústico), parece haberse puesto de acuerdo para dos cosas: 1. Para formar una coalición que derribe impetuosamente al PP (ya veremos si ese mismo ímpetu usado en el derribo lo utilizan para construir en libertad) y 2. Para denominar progresista a quien suele practicar hábitos antónimos al progreso y a la libertad (el mayor de los progresos) y además se guarece en una catacumba social-siniestra. La catacumba, término mucho más acorde con los sedicentes, se nos muestra como un espacioso y laberíntico subterráneo (una madriguera adosada para cada secta) donde al progreso, antes de asesinarlo, se le ha raptado, amordazado, dejado a pan y agua (a veces sin pan) y torturado hasta volverlo irreconocible.

Más tarde, encubriendo los de la catacumba el hecho de que sólo poseen un cadáver (a veces embalsamado como la momia de Lenin), además de pedirnos tumultuariamente que formemos largas filas para reverenciarlo (como una especie de ensayo general del desabastecimiento venezolano), nos corean a todas horas que no es posible que el progreso ofrezca mejor color en sus mejillas puesto que los malditos liberales se resisten a que tome el sol en los enormes latifundios improductivos (algo que no se da en España desde los tiempos de Roma o desde la peste negra del siglo XIV) o pueda regenerar debidamente su vitalidad (menos horas, más salario) en las cadenas de montaje de las multinacionales, sociedades ávidas de explotar al trabajador (según pregonan) y ansiosas por llevarse la sangre obrera a las islas Cayman.

Si se prosperara o prosperase, mejor recalcar la doble potencialidad de un espejismo que nunca ha sido real con la izquierda en el poder (la socialdemocracia nórdica es algo bien distinto), los de la catacumba dirían que es gracias a la puesta en práctica del deseo o afán que subyace en la sociedad toda. Una sociedad que siempre otorga sus votos de modo instintivo (dicen) a ideas altruistas destinadas al bien común que ellos representan como nadie. En realidad, lo que mejor representan en un escenario auténtico, aparte de una corrupción que nunca comienza en el pueblo llano, es el milagro de la conversión o mudanza de conceptos: Las promesas de ayer se convierten en los impuestos de hoy, con multitud de funcionarios para recaudarlos, entre los que, ya se sabe: Todo cargo “progresista” corrompido es susceptible de volver a corromperse.

La secta progricida no acepta que influya para nada en el sufragio del pueblo la calumnia continuada que usan, a la que llama libertad de expresión, con la que apedrea metódicamente al rival, considerado siempre su enemigo irreconciliable. A efectos del voto, tampoco admite que ciertas personas se enganchen a sus filas mediante la subvención a los cuatro vientos (cuyo modelo estándar es el fraudulento PER) en aquellas comunidades que controla, donde derrocha unos recursos que todos aportamos y que no sirven, en absoluto, para que esas mismas comunidades se sumen al progreso. Finalmente, relacionado con el número de votos conseguidos, la siniestra jamás confiesa la realidad de sus conspiraciones mediáticas y acaba culpando al partido rival de haberse aprovechado de las manifestaciones espontáneas.

Cuando la sociedad se empobrece porque los progricidas aplican durante una larga etapa su filosofía de no hacer ni dejar hacer, inevitable oráculo de toda izquierda que se sustenta en un Estado aspirina y complaciente, la culpa será siempre del liberalismo residual y trasnochado, que con gran fuerza retrógrada suele anticiparse al progreso, valga la trilogía de términos que expresan movimiento o recorrido. Movimiento que, cuando los progricidas llegan al poder, se asemeja a la forma de esas palmeras de fuegos artificiales donde cada punto luminoso busca un destino concreto e invariable: El cargo público o el subsidio a costa de la Administración.

Si progricida no fuese una palabra de dicción un tanto dificultosa (aunque todo es cuestión de practicarla), habría sobradas razones como para proponer que a esos de la catacumba se les aplicase con rigor, a modo de marchamo identificable, igual que se hace para reconocer a los chorizos y otros embutidos de dudoso contenido, con frecuencia indigeribles. Decididamente, el término progresistas no nos vale para reconocerles, viene a ser como el “álgido” del inicio de este artículo y en ellos significa lo contrario de lo que practican.

De todos modos, liberticida sí es una expresión pronunciable, o al menos más popular, y a muchos siniestros les cuadra a las mil maravillas, sobre todo a los nacionalistas.


Artículo revisado e inédito, elaborado el 15 de abril de 2004

PD: Hoy en día, con la aparición de los ultraizquierdistas de Podemos (gente 'progresista' en estado puro), más las numerosas franquicias que el "Coletas" ha ido bendiciendo por toda España, nuestro panorama político ha quedado abierto a un progreso casi absoluto. De ahí que si estos progres llegan al poder, nuestra dicha será inmensa, porque entonces tendremos garantizado el mismo estado de bienestar que ahora disfrutan en Venezuela, modelo político referencial de los podemitas. ¿O no?

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