sábado, 1 de agosto de 2015

Idioma propio, ¿llegarán a arrepentirse?

Cada idioma es un signo de riqueza, pero desde el punto de vista de las relaciones humanas, que en el fondo es lo que cuenta, cada idioma es una barrera infranqueable a la convivencia con el vecino. 

Que en España existan otros idiomas además del castellano es algo como para sentirnos orgullosos siempre que esos idiomas no se usen como herramientas destinadas a inculcar espíritu nacionalista, es decir, odio, que en realidad es lo que sucede desde hace muchos años. No obstante, desde un punto de vista liberal debería ser el mercado o, lo que es lo mismo, el ciudadano quien decidiera libremente sobre la supervivencia o hegemonía de uno u otro idioma. Y ello es así hasta el punto de que la extinción del catalán, el vasco o el propio castellano, aun cuando fuese un hecho lamentable, no debería suponer que nos rasgásemos las vestiduras, pues significaría que la gente habría escogido otra lengua para comunicarse, que es el fin último, por no decir único, que a los no fanatizados nos mueve a usar un lenguaje u otro. Pero ojo, hablo de escoger libremente, no de que los políticos le escojan a uno el idioma, circunstancia en la que se aprecian intereses bastardos que nada tienen que ver con la libre elección del ciudadano.

En mi caso, por la época y por la zona (Barcelona) en la que asistí al Instituto de enseñanza media, escogí el francés como idioma extranjero por ser mucho más asequible para quien hablaba catalán y castellano. “Esto está ‘chupao’ —me dije— y así me podré dedicar a las matemáticas, que es lo que de verdad me cuesta un horror y quizá profesionalmente voy a necesitar más”. ¡Qué gran error cometí! Fueron pasando los años, el francés que apenas llegué a hablar no me sirvió de nada, salvo en alguna visita a Perpiñán a finales del franquismo, y cuando vine a darme cuenta tenía una edad en la que aprender inglés resultaba poco menos que imposible. La mente se cierra de tal modo al alcanzar la madurez que aprender un idioma nuevo se convierte en una labor inútil, al menos para mí. Con el inglés lo he intentado más de una docena de veces y ha sido siempre un calvario, al comprobar la ausencia absoluta de progreso me ha dado por abandonar al poco tiempo.



Aquí, en Red Liberal, muchos de mis colegas insertan artículos en inglés o ponen enlaces que nos llevan a determinadas páginas en ese idioma. ¡Cuánto siento quedarme a dos velas! Pero ellos lo hacen con la mayor naturalidad, porque afortunadamente hoy en España bastantes personas hablan y leen en inglés, que es la lengua franca de nuestro tiempo como en su día lo fue el latín. Una lengua franca que por lo que respecta a España sigue siendo el castellano, aunque no sé por cuánto tiempo, ya que el analfabetismo (se entiende que escrito) en el idioma común y en determinadas comunidades avanza a toda máquina y desmiente a quienes aseguran que los catalanes y vascos dominan perfectamente su lengua “propia” y además el castellano.

Desde hace días circulan dos noticias en la prensa: Esta y esta, lo que me hace pensar en la torpeza (o no) de los políticos regionales que respaldan unas medidas tan poco prácticas, sea dicho con cierto eufemismo para que no se molesten los lectores más moderados de Batiburrillo; sí, esos que últimamente no escatiman sus críticas a este blog, y bien que hacen. Todo mueve a pensar que es la educación de los ciudadanos la que se decide en el caso de los políticos nacionalistas, pero no una educación desde el punto de vista de la formación a la que los niños y jóvenes tienen derecho, sino de esa “educación” destinada a seleccionar adictos a las patrias de diseño, que es ese nuevo concepto de nación basada en la expansión a todos los niveles de la mal denominada lengua “propia”, algo que supone, al mismo tiempo, la eliminación de la lengua común o castellano, absolutamente mayoritaria, aún, en todas las regiones.

Creo que esta forma de actuar de los políticos nacionalistas respecto al idioma acabará reportándoles a largo plazo, además de la antipatía del resto de los españoles (lo del cava de las navidades pasadas no ha sido más que una pequeña anécdota), un empobrecimiento gradual no sólo de la cultura, sino de la economía. Incluso en el supuesto de que esos territorios llegaran a independizarse, algo que no descarto visto el derrotero que en la actualidad lleva nuestra patria, no tendrían más remedio que escoger un idioma de comunicación para entenderse con sus mejores clientes. Porque si para entonces, con la independencia de por medio, los españoles seguimos siendo sus mejores clientes, los catalanes y vascos deberán "refrescarles" a sus ciudadanos el idioma castellano, salvo que no les importe comerse sus producciones.

Si por el contrario son otros, por ejemplo Francia o Alemania, quienes se han convertido en los principales compradores de esos nuevos estados surgidos del diseño diferencial, será el francés o el alemán el idioma que se imparta a contra reloj en las aulas. Aunque también es probable que alguno de esos nuevos estados decida vivir en inglés, algo que podría servirles como pasaporte lingüístico a lo largo y ancho de este mundo y algo que, paradójicamente, podría llegar a eliminar el vasco o el catalán, según el caso. Claro que entonces ya no hablaríamos del enemigo español, sino de una auto-inmolación en aras de la conveniencia económica. Y los británicos, como miembros de una nación que les cedería el idioma, les quedan demasiado lejos como para apuntar el odio hacia ellos.

Lo cierto es que la gente no tiene ni un pelo de tonta y en cuanto haya libertad real para elegir idioma se apuntará al que le resulte más práctico, con independencia de ese sentimiento que nadie sabe explicar y que algunos denominan algo así como “voluntad de ser”, que es una voluntad nada compatible con el deseo de prosperar o, al menos, con el de no empobrecerse demasiado haciéndole el juego a quienes probablemente nunca les faltará de nada. En fin, que el encierro de profesores en Bilbao y lo que alguien denomina la “Gestapo Lingüística” no ayudan precisamente a que se extienda el sentido común sobre el asunto de los idiomas, sino el sentido artificioso con el que se pretende crear al nacionalista. Qué pena de país.

Artículo revisado, insertado inicialmente el 6 de marzo de 2005 en Batiburrillo de Red Liberal 

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