lunes, 17 de agosto de 2015

La educación

El adoctrinamiento nacionalista ha sido tan perfecto que incluso ha logrado que los adoctrinados no admitan que haya sucedido
La educación es al hombre lo que el molde al barro: le da la forma. La frase corresponde a Jaime Balmes, notable filósofo catalán del XIX y defensor de la reconstrucción social de la nación española sobre la base de sus antiguas tradiciones, que no es más que el método por el cual Eurípides afirmaba: Una buena costumbre es más fuerte que una ley. Y Montesquieu insistió al respecto: Antes que sus leyes, defiende un pueblo sus costumbres. Balmes, quizá no del todo consciente puesto que en su época los nacionalismos aún no habían tomado cuerpo, advertía sobre el peligro de ciertas prácticas en la enseñanza. Hasta tal punto fue avanzada la filosofía del clérigo de Vic, que su pensamiento no pudo ser más descriptivo de cuanto ha sucedido y sucede en algunas regiones de nuestra patria.

En el último cuarto de siglo —de hecho, son ya 37 años—, con la excusa de recuperar unos idiomas regionales que la dictadura franquista sin duda maltrató —si bien lo hizo en mucha menor medida que lo que afirman hoy los nacional-separatistas—, y con la anuencia de unas Cortes cargadas de buena fe que dejó la enseñanza en manos de las autonomías, ciertos gobiernos autonómicos se han dedicado a moldear a la población de Cataluña, País Vasco y Galicia, y en menor medida a la de Baleares y Comunidad Valenciana. A esa población, para desgracia de todos los que amamos a una España plena, se le ha imbuido de un espíritu patriótico particular, cargado de rivalidad y odio, bastante aldeano y opuesto a cuanto signifiquen otros horizontes más amplios e históricamente compartidos.


Basándose en hechos diferenciales más ilusorios que ciertos y con el único propósito de implantar el antipatriotismo español, los dirigentes políticos de esas regiones citadas, muchos de ellos amparados en partidos de estricto ámbito local o a lo sumo territorial, han pretendido conservar el poder político y económico para disfrutar de unas potestades que se asemejan cada día más al feudalismo, período de la historia europea, como sabemos, donde el rey de la nación sólo ejercía la autoridad de un modo nominal y la gente se limitaba a rendir cuentas ante el aristócrata feudal de la comarca y éste ante ninguno más.

Así, pues, la clave de cuanto sucede hoy en España se llama educación, mala educación para ser más exactos, porque ninguna nación que se precie puede permitirse el lujo de entregar la enseñanza a unos poderes regionales de dudosa catadura ética, por no decir abiertamente inmorales, a sabiendas de que la usarán para adoctrinar a los niños contra el propio Estado. Es decir, crearán malos ciudadanos. Por lo tanto, parece creíble que ninguno de los constituyentes hubiera leído a Balmes, a Eurípides o a Montesquieu (salvo Guerra, para declarar su muerte) y nadie pudo avisar sin ser llamado franquista —complejo que embargaba a la mayoría de la derecha en el Parlamento— del grave peligro para la unidad de la patria que representaba el hecho de conceder a cada comunidad autónoma la patente para adoctrinar y para inculcar odio.

Parece que ninguno de los padres de la patria conocía la frase de Confucio: La educación (cierta educación) hace que seamos diferentes y que nos alejemos. Como tampoco parece ilógico creer que todos desconocían lo que Erasmo indicó en su momento: En el estudio no existe la saciedad. Cámbiese la palabra estudio por la de adoctrinamiento y se explicará el porqué la doctrina separatista sigue inculcándose cada vez con mayor ahínco en Cataluña y en el País Vasco. El caso de Galicia es distinto en buena medida, pero quien rige esa comunidad desde hace tantos años sólo ve lo que quiere ver, que es bien poco, e ignora expresamente que la educación no deja de estar controlada por el BNG. En Baleares ocurre algo parecido, en los sindicatos de la enseñanza prevalece con mucho la postura pancatalanista. ¿Razón? Pagando San Pedro canta, o dicho de otro modo, las subvenciones de la Generalidad catalana han sabido llegar a los puntos más sensibles.

Los separatismos desbocados, los chantajes al gobierno de la Nación, las desigualdades en infraestructuras regionales que nos anuncian los presupuestos socialistas (noviembre de 2004), donde se eliminan buenos proyectos del anterior Ejecutivo para conceder más y más a quien detenta la llave de la gobernabilidad, representan los “daños colaterales” de una guerra educativa comenzada a perderse en 1978, que fue cuando nuestros padres constituyentes, bonachones ellos y cargados de buenos deseos, se dejaron robar el plano del tesoro y cometieron la necedad de no asignar al gobierno de España la competencia exclusiva en la materia. Sí, fue una guerra que comenzó entonces y cuya batalla final, de resultado no demasiado impredecible, puede representar la desmembración de España en estados de tipo taifa o, como ahora se dice, su balcanización.

Algunos podrán alegar que de no actuarse como se hizo en el 78, obsequiando a los separatistas con el mapa del tesoro que representa la educación, se corría el riesgo de que el PNV y CiU y otros partidos menores no aceptasen nuestra Carta Magna. Bueno, ¿y qué? ¿No es mucho mayor el peligro que se corre ahora? Algunos podrán argüir que se obró de buena fe y que los constituyentes fueron sorprendidos por unos partidos que entonces se decían nacionalistas moderados y que fingieron mostrarse satisfechos. De acuerdo, reconozco que a 37 años vista es demasiado fácil la crítica, pero no por ello resulta menos necesaria si pretendemos que exista alguna posibilidad para hallar el remedio, un remedio que a la postre vendrá dado después de reconocer el gran error cometido y subsanarlo en cuanto se pueda.

Ya vemos que en España no ocurre como en Alemania, ese estado federal tan reivindicado por gente taimada como Maragall, personaje a quien le gusta destacar del país centroeuropeo sólo lo que le conviene y oculta siempre la fuerte unidad de esa nación y su espíritu patriótico. Allí, en el territorio germánico, si bien la educación corresponde ejercerla a los landers, un sistema muy severo de coordinación nacional (que en España correspondería a la Alta Inspección del Estado) asegura que los requisitos del sistema escolar sean los mismos en todos los estados federales, algo que aquí no sucede desde hace muchos años porque las autonomías no aceptan la Alta Inspección o, simplemente, hacen caso omiso de las leyes, como cuando la ministra Pilar del Castillo aprobó, mediante la LOCE, que el castellano se impartiera durante cuatro horas. La respuesta del Gobierno catalán fue declarar en público que no pensaba aceptar semejante ley.

De modo que mientras en Alemania es impensable un período de adoctrinamiento nacionalista anti unidad alemana, aquí, en España, nos hallamos en un verdadero callejón sin salida que el actual Gobierno (noviembre de 2004) no solo se ufana en no tomar en cuenta sino que lo avala torpemente con sus claudicaciones a los separatistas. O lo que es aún mucho peor y demuestra en qué manos estamos: Para justificar su propia necedad y el sometimiento a terceros, quien hoy nos preside y está obligado por Ley a mantener la unidad de la patria, y a proclamarla como tal de viva voz, prefiere atacar con críticas maliciosas a los que desean conservar el concepto de nación española. El presidente del Gobierno de España ha llamado recientemente “fundamentalistas” a los miembros del PP. ¿Motivo? Se sintió acosado por los populares cuando éstos le pidieron que definiese su idea de nación. Luego aquí hemos aprendido algo más: No debe acorralarse jamás a un individuo tan torpe y con tan pocos principios. No debe hacerse incluso aunque éste sonría a menudo, porque la virtud queda más degradada cuanto más amable se muestra el sujeto amoral.

Aunque ahora nos suene a medida extremada, y a los separatistas y asimilados les parezca una regresión inadmisible o una medida directamente fascista, ¡cómo no!, aseguraría que ha llegando el momento en que un partido político nacional, quizá el PP —cuando disponga de un jefe que se vista por los pies—, introduzca en su programa electoral la recuperación para el Estado de las competencias educativas. No sé si ello le impedirá a ese partido, o a cualquier otro, alcanzar alguna vez la mayoría suficiente para gobernar, porque los llamados nacionalistas moderados, que no son más que separatistas con un mayor grado de falsedad, pondrán el grito en el cielo y tocarán a rebato en todos sus territorios. Y sobre lo último, uno se pregunta ¿Qué más pueden hacer? Pero a diferencia del actual gobierno socialista, que no hace más que incumplir promesas electorales o desbordarlas hacia el lado condescendiente con los rompe patrias, sí debería haber una formación que avisara de sus intenciones y hablase claro al pueblo.

Aquí no acaba todo, el partido que reivindicase para la Nación española la competencia exclusiva destinada a educar a sus niños y convertirlos en verdaderos ciudadanos no adocenados, sean éstos de donde sean y todos por un igual, debería insertar también en su programa el proyecto de “un hombre, un voto” y proponer, además, la circunscripción electoral única para toda España, de forma que los nacionalistas no se viesen favorecidos en el número de diputados, como viene sucediendo desde siempre, y dejaran de lograr una representación falsamente abultada que han usado a menudo para chantajear al gobierno de la Nación o para obligarle a que mire hacia otro lado en las cuestiones educativas, como así sucedió en la primera legislatura de Aznar, esa sobre la que ahora se nos dice que lo hizo tan bien y fue tan dialogante, cuando más bien ejerció de Zapatero con los nacionalistas. Eso sí, con menor descaro y mejores cualidades que ZP. Claro que entonces Carod no pintaba nada.

Ya va siendo hora de que dos partidos nacionales, repito, nacionales se vayan alternando en el poder, como sucede en la inmensa mayoría de estados democráticamente sólidos. Ya va llegando el momento de que a los sedicentes nacionalistas, y a los que van disfrazados de otra cosa pero son los mismos perros con otros collares, les vayan dando su propia medicina y se les paren los pies. Ellos quieren más independencia en sus territorios, algunos proponemos menos y el traspaso a los municipios de buena parte de las competencias que ahora poseen. Ellos desean la España plural y multicultural, que no es más que una forma engañosa de justificar sus atropellos y su marginación a cuanto les suene a España, algunos pretendemos la España de siempre y envuelta en más democracia y libertad para todos, como corresponde a nuestro tiempo, sin gente amenazada, sin bandas armadas que se toleren o disculpen, sin imposiciones de todo tipo, sin control de la Justicia y con separación efectiva de los tres poderes. Ellos desean seguir la misma ruta de ahora para crear al hombre nuevo y a la medida de sus ideologías, algunos aspiramos al hombre cotidiano, laborioso, creativo y liberal, de mente tolerante pero consciente de que la dignidad implica pagar un precio, que es el de enfrentarse a los tiranos y a los malversadores de la libertad del hombre.

Artículo revisado, insertado inicialmente el 20 de noviembre de 2004 en Batiburrillo de Red Liberal

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