jueves, 27 de agosto de 2015

Qué quiere la izquierda española (358)

El socialismo pretende una doctrina trinitaria: Alianza de civilizaciones-multiculturalidad-ecologismo, con la que trata de intoxicarnos y cuyo fin descarado no es otro, tras el fracaso a calzón quitado del marxismo y la caída del Muro, que el de seguir mediatizando al hombre para que jamás de los jamases se sienta a sus anchas.

La única alianza posible de civilizaciones es la que se definiría mediante una sencilla frase de dos palabras: “Libertad individual”, actitud que consiste en el respeto absoluto a la tendencia natural de cada cual a aliarse con quien le salga de las narices (a poder ser de buena presencia), sin que tengan que ser los estados, y mucho menos los partidos políticos, quienes impongan ningún tipo de alianza entre colectivos o entre naciones que a veces resultan de una incompatibilidad democrática manifiesta. Hay un refrán que dice más o menos así: Quien se junta con un cojo, al cabo de cierto tiempo si no cojea... renquea. Lo que significa que si uno se alía con según qué civilización puede acabar cambiando a su mujer por un par de camellos; eso sí, después de haberla maltrado a diario durante una buena temporada. ¡Qué horror!

El único multiculturalismo válido es el que se corresponde con el mundo occidental, incluyendo alguna nación ajena a dicho ámbito geográfico, por ejemplo Israel, pero que profesa un sistema socio-democrático semejante. En los demás estados, comenzando por los despóticos países islamismos, ni lo de ellos es cultura que difundan hoy en día ni merecen ser tenidos en cuenta como creadores de valores que debamos conservar, sino reformar o combatir mediante la transmisión de ideas democráticas que vayan calando en su malhadada población. Eso sí, comenzando por sus millones de emigrantes en toda Europa, a los que se les debería de dar una especie de carné por puntos para residir en nuestro continente. Puntos que perderían según el grado de radicalidad religiosa y/o delictiva, con la opción de recuperarlos mediante cursillos de civilidad democrática. Por supuesto, una vez agotados los puntos del carné, debería procederse a expulsarlos sin más ceremonias ni contemplaciones a sus países de origen.


El único ecologismo posible es el que defiende en primer lugar el bienestar de la especie humana, sin rasgarse las vestiduras ni clamar al cielo civil como hacen esos adoradores del cuaternario ante teorías indemostrables que nos advierten de un cambio climático (que de producirse estaría más bien relacionado con algo tan sencillo como las glaciaciones periódicas) o de la subida del nivel del mar si en las autopistas pasamos de 120, poco más o menos, que es lo que alegremente nos anunció una determinada ministra social-fantasiosa y devota de arrojar al mar la totalidad de los caudales sobrantes del Ebro, un río requisado en su tramo medio por el social-sectarismo del catalano-aragonés Marcel.lí y nacionalizado en su tramo final por el social-separatismo de ese tándem megalómano que ahora manda en Cataluña.

Mediante los párrafos anteriores, reconozco que escritos con más chanza que ganas de meditación, espero haber dejado clara mi postura respecto a las teorías de moda en la izquierda europea (quizá también americana). Me refiero a esa especie de doctrina trinitaria: alianza-multiculturalidad-ecologismo, con la que trata de intoxicarnos y cuyo fin descarado no es otro, tras el fracaso a calzón quitado del marxismo y la caída del Muro, ¡ojo al dato!, que el de seguir mediatizando al hombre para que no se sienta a sus anchas. Se trata de que no nos quede más remedio que mirar de reojo, intuyendo el enorme peligro del capitalismo —que ellos llaman salvaje aunque debería llamarse alimenticio— y acabemos buscando la atmósfera protectora de papá Estado, un estado naturalmente gobernado por los socialistas y otros apéndices de la izquierda liberticida como Podemos, Compromís, Cup... Se trata, pues, de que aceptemos con satisfacción colectiva (todo en ellos es colectivo) las propuestas siguientes:

1. La obligación de aliarse risueñamente (a lo ZP) —hoy a lo Sánchez— con algo sórdido como pueda ser el islam, una tiranía religiosa a la que, por conveniencia, se le asigna el rango de civilización. Y quizá es así porque, tal y como hizo (hace) el marxismo, el islam tampoco quiere reconocerle al ser humano el libre albedrío, también llamada libertad individual. Lo que determina esa simpatía entre colegas liberticidas que marxistas e islamistas han sentido desde siempre, no en balde ambas ideologías programan la vida del individuo (jamás ciudadano) desde el nacimiento hasta la tumba, mortaja incluida en el caso del islam. Sí, así es como debe ser según la izquierda y los musulmanes, todo dispuesto desde la cúspide del poder o desde la Sharia, no como hacen en el 'malvado' judaísmo, cuya consolidación del estado de Israel jamás podrá ser admitida como algo bueno porque sus ciudadanos, además de pensar por ellos solitos, poseen el vicio de convocar elecciones libres cada equis tiempo y dar cuenta a los ciudadanos a través del Parlamento. ¡Oh, cielos, qué horror!

2. El deber de aceptar una multiculturalidad que comprende grandes áreas del planeta que han sido tiranizadas desde que el mundo es mundo y a las que, por ningún motivo, se les debe presionar desde el exterior para que se conviertan en democracias. ¡Faltaría más! Qué demonios importa si hay países gobernados por genocidas como el depuesto Sadam o sujetos petrocorruptos y liberticidas al frente de países como Arabia, Irán o Siria. Y ya no hablemos de Sudamérica, donde los regímenes de Cuba, Venezuela, Ecuador, Nicaragua, etc., sirven ahora de referencia a gente encanallada como el 'Coletas' y su banda. Nada, no debe tocárseles ni un pelo a esos tipejos (no a la guerra), lo correcto es dejar que la población de esos países solucione sus problemas. No importa que la multiculturalidad represente otorgarles patente de tirano a ciertos dirigentes. Y además por varias generaciones, puesto que determinada gentuza gobierna mediante una endogamia política tan lujuriosa como pertinaz.

3. Debe reconocerse la inconveniencia de comer habichuelas si ha mediado en ellas un toque genético que las haga inmunes a determinada plaga, porque en ese caso representa la pérdida de grandes colonias de insectos que en modo alguno compensa que el ser humano disponga de alimentos en países donde las hambrunas son endémicas. Nada mejor para evitar que un muerto de hambre coma y se recupere que anunciarle a bombo y platillo la posibilidad de que su muerte no sea de inanición sino de mutación genética y degenerativa producida por las habichuelas; las cuales, claro, de ser ingeridas contra natura, ocasionarán que los descendientes del consumidor nazcan con seis dedos dentro de treinta generaciones.

La izquierda española, y dentro de ella el PSOE, figura a la vanguardia de la estupidez y la frivolidad a la hora de sus planteamientos ideológicos. Porque la civilización, clave del multiculturalismo y del ecologismo trinitarios, viene de civilizar, que es sacar del estado salvaje a pueblos o personas. Lo que significa que en el momento en que saquemos de ese estado salvaje a determinadas sociedades, como por ejemplo la islámica, y les desarraiguemos unas costumbres que cualquier mente lúcida no tiene más remedio que condenar, habremos creado algo muy semejante a lo que existe en occidente. A menos, claro está, que con la “alianza de civilizaciones” lo que se pretenda es asilvestrarnos (juntarnos al cojo) a los que ya estamos civilizados, por lo menos en lo que respecta a la actitud mental.

Artículo revisado y puesto al día, insertado el 14 de marzo de 2005 en Batiburrillo de Red Liberal

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