miércoles, 26 de junio de 2019

La Segunda República Española (6) 1 de 8


El gran hispanista norteamericano, Stanley G. Payne, debe contar bastante para esta serie a la hora de valorar su opinión sobre la II República, puesto que el citado autor destaca por un desapasionado análisis que no suelen ofrecer otros historiadores más decantados a favor de parte. De acuerdo en que Payne, a diferencia de Pío Moa, por ejemplo, no ha bebido directamente de las fuentes socialistas, pero si se ha documentado lo suficiente como para poseer un criterio bien formado de lo que sucedió en España entre 1931, e incluso antes, y 1939. Doy paso, pues, a un texto de Payne entresacado de su obra “El colapso de la República”, título publicado en 2005.


El proyecto republicano (1)
La instauración de la República nunca hubiera tenido lugar a no ser por la generalizada transformación de la sociedad y la cultura españolas en la generación precedente. Durante los años veinte, España alcanzó una de las mayores tasas de crecimiento económico a nivel mundial y en las dos décadas entre 1910 y 1930 experimentó, en proporción, la más rápida expansión de la población urbana y de la mano de obra industrial de toda su historia hasta ese momento. El empleo industrial casi se duplicó, pasando del 18,5 por ciento al 26,5 por ciento, cifra que, de hecho, superaba ligeramente el desplazamiento proporcional hacia el empleo industrial que se produjo durante el boom de los años sesenta. Aunque la agricultura continuaba siendo el sector más amplio y pese al rápido crecimiento de la mano de obra, hacia 1930 el porcentaje de población activa empleada en la agricultura y la pesca había disminuido en algo menos de la mitad por primera vez, reduciéndose del 66 por ciento en 1910 al 45,5 por ciento en 1930. El crecimiento en el sector servicios fue incluso más rápido que en la industria, aumentando del 20,8 por ciento en 1920 al 28 por ciento en 1930. De una población activa de más o menos 8.773.000 trabajadores, unos 2.325.000 eran obreros industriales y casi 2.500.000 estaban empleados en el sector servicios. Aunque los campesinos sin tierra propia constituían cerca de 1.900.000, España ya no era el país abrumadoramente rural y agrario que había sido hasta fecha tan reciente como 1910.

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