Durán i LLeida es uno de
esos políticos trotones, de largo recorrido, a quien lo único que le ha
impedido haber llegado más lejos es esa desigual coalición que su partido
estableció hace años con la formación de Jordi Pujol. Las huestes pujolistas
fagocitaron poco a poco a la pequeña Unió e impidieron su desarrollo como
partido más centrado en la realidad catalana y menos propenso a imbuirla “por
un tubo” de nacionalismo falsario. A Durán también le pierde su, a intervalos, ramalazo
catalanista extremo que, a su vez, roza el extremismo nacionalista de Convergencia. Claro que los suyos
son tics de cierto fanatismo que el mandamás de Unió quizá crea forzoso exhibir
a modo de profesión de catalanidad, toda vez que se trata de un señor que ha
nacido en la provincia de Huesca y no posee el pedigrí adecuado para llegar a
la cúspide política en una región donde la clase dirigente debe ser de “Casa
Nostra”, término relativamente fácil de confundir en el fondo y en la forma con
de “Cosa Nostra”.
