martes, 15 de diciembre de 2015

Actualización a 'Los informes secretos de Pujol' (522)


Aparte de corrupto con avaricia y delincuente confeso, siempre he creído que Jordi Pujol es un mal bicho político. O dicho de otro modo, un perfecto onanista mental (y lenguaraz), con ideas monotemáticas: La Cataluña que nunca existió, aberrante mito a partir del cual quiso (y quiere) crear la Cataluña que nunca existirá, que deberá ser monolítica en su palurdismo y presumir a la par de cosmopolita. O sea, cateta universal.

El desquiciado comportamiento de Artur Mas, discípulo predilecto de Jordi Pujol respecto a ese nacionalismo rancio y dañino, pleno de desacato a unas leyes que solamente reconoce cuando le interesan (habráse visto mayor desfachatez que apelar al Constitucional mientras incumple sus sentencias), ha puesto de actualidad al anciano 'expresident', que pide "reaccionar con toda la energía ante la ofensiva contra el catalán". Veamos, pues, un extenso artículo escrito en 2006 sobre el personaje:
Siempre he creído que Pujol ha demostrado un comportamiento innoble, muy especialmente para los propios catalanes. En Batiburrillo de Red Liberal hay unos cuantos artículos que argumentan el porqué de esa creencia. Hoy citaré alguna reflexión añadida: Nadie ama a su pueblo y al mismo tiempo intenta imponerle un adoctrinamiento basado en el despotismo más hipócrita. Tal es la ideología, conocida como nacionalismo, que Pujol defiende y que falsamente apela a la libertad de decidir mientras deja maniatado todo derecho a cualquier elección. Nadie respeta a los suyos y a la par los considera en minoría de edad incurable, método por el que se justifican y se incentivan cuantas consignas van destinadas a crear buenos catalanes, a los que para ello se les ha mortificado con patrañas, como por ejemplo que a Cataluña se le expolia, y quemado previamente la sangre.


Nadie se entrega a su pueblo con verdadera lealtad, como siempre ha presumido Pujol, y al unísono le inculca odio a la mitad de la población en contra de la otra mitad, hasta el punto de que por el simple hecho de no hablar el idioma conveniente ya no se es buen catalán, sino hijos de emigrantes españoles —y por lo tanto de invasores— que nada les corresponde decidir ni aun opinar. Nadie que sea medianamente íntegro se inventa un supuesto enemigo, al que se denomina España o Estado español, para desviar la atención de cuanta fechoría o envilecimiento se ha ido adoptando durante su gobierno. Nadie, en suma, tergiversa la Historia o directamente la falsifica, resaltando cualquier minucia que nos separe y omitiendo lo mucho que nos une, para convertir en nación lo que nunca ha sido.
Todo iluminado, Jordi Pujol lo fue en grado sumo y lo sigue siendo, pretende pasar a la posteridad como padre de una patria soñada. En el caso de los embaucadores, si no se tiene esa patria —o la patria existente es un bocado demasiado grande para él— se crea una nacioncita a medida a partir de algún hecho parcialmente desigual, en este caso la lengua catalana. Porque si no hubiese sido la lengua, se habría escogido el color de los ojos, o del cabello, o la estatura, o la fisonomía del cráneo o la forma de tirar de la cadena del váter o cualquier otro detalle que permitiese separar a unas personas de otras. Incluso en el caso de no contar con elemento físico alguno al que transmitirle un valor diferenciador, Jordi Pujol y sus secuaces nacionalistas hubiesen fundado su propia Iglesia —en realidad, ya casi lo han hecho— e inculcado la catalanidad a partir de un catolicismo “distinto” y reaccionario, como reaccionaria es la patriotería que se gastan, hasta lograr que la congregación de los elegidos marcase la pauta del buen catalán.
Pero fue la lengua. Se partió de ese 30% de catalanohablantes que había a finales de los 70 del siglo pasado para establecer la necesidad de que la cifra alcanzase lo antes posible al 100% de la población. Se magnificó, por lo tanto, la obligación de recuperar un idioma “propio”, el catalán, que si bien fue maltratado durante la dictadura franquista —lo que quizá hubiese justificado algún privilegio temporal, satisfecho ya con creces—, no es menos cierto que desde hacía más de dos siglos iba perdiendo pujanza a favor del castellano, pues no debería de olvidarse que el resto de España aportó al territorio catalán varias oleadas de pobladores en cada una de las crisis demográficas que el mal llamado Principado vino padeciendo a lo largo de su historia, iniciándose esas crisis en: La reconquista del Levante peninsular y las Baleares, la Peste Negra y, un siglo más tarde, en el vacío poblacional que dejaron las guerras de los Remensas y su posterior asentamiento en las ciudades al ser liberados. Lo que significa que el castellano, sin contar otros dos o tres aluviones importantes destinados a la industrialización, comenzó a entrar con fuerza entre los siglos XII y XIII en la actual Cataluña, a intensificarse ese flujo a mediados del siglo XIV y a generalizarse en el XV. Las grandes emigraciones del XIX y XX, simplemente lo convirtieron en el idioma mayoritario y aún, con el 53% de origen materno atribuible a quienes usan el castellano, sigue siendo el más hablado. Si bien de nada vale y nada se respeta en un mundo que ha sido diseñado por Pujol y otros cooperadores necesarios para profesar la religión del monolingüismo identitario y “fer país”.
Pero a los nacionalistas catalanes nunca les ha bastado que el catalán fuese entendido por más del 95% de la población, como ya sucede ahora, ni que casi el 80% sea capaz de hablarlo con cierta fluidez. No, no basta, es preciso elevar esas cifras al 100%, hablado y escrito, y por lo tanto se hace imprescindible desterrar al castellano de cualquier ámbito que no sea el estrictamente privado, al que no obstante también se le procurará ir atando en corto y legislar en contra. Como digo, para ello se ha usado la ley o, indistintamente, el incumplimiento de la ley —como sucede con la actual normativa lingüística—, pero el castellano también ha recibido grandes dosis de desprestigio social, inculcadas a todas horas y con verdadero interés desde los abundantes medios de comunicación que la Generalitat controla directamente o a través de sus numerosas subvenciones o chantajes, como sería el caso del Grupo Planeta. Un desprestigio social, precisamente, que hasta finales del siglo XIX, con la llegada de la Renaixença, fue la causa no forzada para que el catalán decayese bastante. Y aún así, mientras no hizo su aparición la Gramàtica de la llengua catalana de Pompeu Fabra, nada menos que en 1912 (lo que demuestra una falta de interés que duró siglos), no comenzó a sistematizarse un idioma que hasta entonces cada cual escribía o hablaba a su aire.
No existe otra razón, pues, más que el avance hacia la patria de diseño, que justifique la barbaridad de que el nuevo Estatut obligue, con el vergonzoso visto bueno del presidente del Gobierno de España (por entonces ZP), a que la única lengua vehicular en la enseñanza debe de ser el catalán. Se pretende así ir más allá de la actual Ley Lingüística del 99 y establecer un territorio monolingüe donde todo gire alrededor de un idioma que absurdamente se denomina “propio” sin que llegue a sonrojarse quien lo afirme. Es la forma que tienen los separatistas de ir preparando a la población para acometer la siguiente etapa de su infame proyecto: Un estado soberano de Cataluña, desvinculado por completo de cualquier idea de España, a la que se considerará enemiga y sólo se le dará trato de cliente fastidioso mientras no sea posible consolidar otros mercados.
Del sujeto que inició un proyecto tan miserable y tan cargado de mala voluntad hacia la única patria común que hemos tenido durante siglos y siglos, España, se van conociendo cada día nuevos datos significativos. Hoy, el diario ciudadano HispaLibertashabla de los informes secretos [el vínculo está roto, ya no lleva al artículo] aparecidos en el Departamento de Presidencia de la Generalidad de Cataluña, que datan de los tiempos en los que Jordi Pujol fue el máximo mandatario. Hubo listas negras en los medios de comunicación, donde se incluyeron a lingüistas poco entusiastas o no adictos del todo al régimen pujoliano —que ya se sabe que el nacionalismo vive por y para la pureza de la lengua—, pero además se introdujeron estudios que incidían “en la creación de los Países Catalanes como única comunidad nacional para todos los ciudadanos de Cataluña, Islas Baleares y Comunidad Valenciana”.
Los informes han sido dados a la luz por el actual Tripartito, coalición de gobierno que no deja de ser, como es sabido, enemiga acérrima del anterior presidente catalán y de su partido. Pero esos informes no se ha descubierto, y he aquí la segunda inmoralidad de este tema, por encontrarse el actual Govern en una línea ideológica opuesta. Todo lo contrario, se quiere dañar el supuesto prestigio de Pujol, y en consecuencia el de CiU, aireando unos planes para intensificar el nacionalismo y el expansionismo, cuando lo aberrante es que esa política aún le sabe a poco al Tripartito y desea llevarla mucho más allá. Ahora bien, como los nacional-socialistas del Tripartito son perfectamente conscientes de que una parte importante de la sociedad catalana aún no asume que haya sido adoctrinada durante tantos años por los convergentes —puesto que ese fragmento de la sociedad considera que posee un sentimiento espontáneo de “voluntad de ser”—, la forma que tienen los Maragall, Carod y compañía de alejar a los ciudadanos del partido de Pujol es hacerles ver —aun cuando ellos probablemente no duden en implantar algo similar o peor— el método deshonesto usado por CiU. Digamos que es un acto, el de filtrar documentos, destinado a decirles a los ciudadanos: Alejaos de ese fuego de CiU que os ha quemado durante tantos años, pero no seáis conscientes de que nosotros representamos el rojo vivo. Y aún falta más de un año para las siguientes autonómicas, ¡Dios mío, lo que queda todavía por descubrirse “accidentalmente”!
La moraleja de este asunto —ningún artículo sin ella— es que el pueblo catalán no ha tenido fortuna con sus gobernantes. Los ciudadanos catalanes padecieron primero a un iluminado desleal que les inculcó falsedad y odio durante más de 20 años. Luego tomó el relevo un Tripartito que, con la complicidad de fulanos pusilánimes como Zapatero, podría llegar a darle la dúplica a Pujol en cuanto al tiempo de permanencia en el poder. En cualquier caso, todos nacionalistas, todos liberticidas, todos doctrinarios, todos ellos destinados a convertirse, como gran y única vocación, en padres de una nación catalana que si finalmente cuaja y es moldeada por quienes deshonran a su pueblo y temen a la libertad, será posiblemente la causa de que Cataluña caiga en picado respecto a su calidad de vida y no levante cabeza en algunas décadas. Porque ese hecho ha comenzado ya. Sin ir más lejos, Maragall comentó esta misma semana que le molestaba mucho que comunidades más pobres crecieran más.
El pueblo catalán, en consecuencia, debería reflexionar y asumir que ha sido sometido a un largo proceso de intoxicación política que a nada bueno puede llevarle, sobre todo si acaba aprobándose el Estatut. A mi juicio, la solución a tanto nacionalismo excluyente y opresivo vendría dada por entregarle el voto a cualquier partido que tenga como referentes la libertad más absoluta y España, valga la redundancia. Porque nunca el pueblo catalán ha sido más próspero y ha vivido mejor que en aquellas largas etapas de su historia en las que se ha sentido a gusto junto a la madre patria. La personalidad de los empresarios o comerciantes catalanes, formada durante siglos y constituida en la columna vertebral de un territorio sin recursos propios, no soportaría desvincularse de una nación española que les dio ánimo, prestigio, clientela, materias primas y mano de obra suficiente hasta engrandecerles. Un ejemplo bien simple lo tenemos en La Caixa, con 2/3 de su mercado financiero fuera de Cataluña. Pretender diversificar las exportaciones para poder ser más catalanes que nunca pero al nacionalista modo, puede requerir más de una centuria y, entre tanto, emparentarse muchos de ellos con la ruina.
Para finalizar este largo artículo de domingo, no olvidemos que el ser humano posee una gran tendencia a querer a quien le aprecia, lo que significa que pasadas varías décadas de alejamiento nacionalista de Cataluña, con o sin independencia, podría darse el caso de que el catalán no volviese a ser aceptado en España ni siquiera como hijo pródigo. Una circunstancia que estuvo a punto de suceder cuando Pau Claris puso a Cataluña bajo la soberanía del rey de Francia y al poco tiempo, visto el trato francés, los que le sucedieron en la Generalitat no dudaron en pedir el reingreso en la España de siempre. Porque el prestigio de la gente seria, y el ciudadano catalán en general lo tiene aún —si bien cada vez menos—, cuesta siglos acreditarlo, pero perderlo y convertirse en un ser frívolo o fanatizado, incapaz de distinguir a sus malos gobiernos y revelarse en las urnas ante ellos, es cosa de pocos años, de los cuales han transcurrido ya algunos.

Artículo revisado, elaborado en el año 2006

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