miércoles, 15 de abril de 2020

Otras curiosidades del siglo VIII (10)


En relación con la novela histórica “Viento de furioso empuje”, me gustaría destacar el panorama geoestratégico que se vivía en la época en que discurre la obra. A simple vista, pueden observarse dos poderes principales y algunos secundarios. De un lado tenemos al Imperio árabe, en expansión permanente y en cualquier dirección. Del otro cabe referirse al llamado Imperio romano de Oriente, también conocido como Bizancio, que fue retrocediendo poco a poco, no solo por las presiones árabes, en su dominio territorial de los países ribereños del mediterráneo. Abundemos un poco más en las siguientes líneas:

A principios del siglo VIII, el Imperio bizantino aún conservaba varios territorios en el sur de la península itálica, así como las islas de Sicilia, Baleares y el exarcado de Rávena. Dichos territorios se conocían como “Provincias latinas”, puesto que en ellas no predominaba el idioma griego como en la parte oriental de ese Imperio.

Como rival máximo de Bizancio en Italia, aparecía el reino de Lombardía, bien asentado en el norte de la península y con ánimo expansionista, cuyo máximo esplendor se produjo al arrebatar las islas de Córcega y Cerdeña a los bizantinos. Ahora bien, a principios de ese siglo VIII el Reino lombardo aparecía más pendiente de contener a los francos que de seguir expandiéndose hacia el sur.

Por otra parte, hubo varios intentos auspiciados desde la nobleza de la Roma papal, que cada vez aceptaba peor las ideas religiosas de Bizancio y la potestad de su emperador para refrendar o no al nuevo Papa, encaminados a recuperar territorios o, al menos, a someterlos fuertemente a su influencia religiosa.

Los árabes de Damasco, por su parte, no desconocían del todo los movimientos de la nobleza romana, de ahí que, entre otras razones, aflojaran periódicamente la tensión en las fronteras con Bizancio para que el Imperio romano de Oriente pudiese “atender” las revueltas de las Provincias latinas.

Al Imperio islámico no le convenía una Roma fuerte, en expansión e incluso independiente de Constantinopla, porque solo pretendía un desplazamiento del poder, es decir, que Bizancio retrocediese gradualmente mientras ellos avanzaban. Si el enemigo bizantino tenía dónde irse, lo más probable es que acabara marchándose. Así actuaron los musulmanes en todas sus fronteras cuando les fue posible. Y en las batallas, raramente aniquilaron a sus rivales, se limitaban a diezmarlos y a ponerlos en fuga para luego pactar con ellos la capitulación y la aprobación del islam como religión oficial.

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