lunes, 1 de julio de 2019

La Segunda República Española (6) 3 de 8


En este apartado, Stanley G. Payne hace un ejercicio comparativo entre el inicio de la II República, que define como una explosión de entusiasmo popular, con lo que sucedió en la Tercera República Francesa o con el Reino Unido al comienzo del sufragio universal. Payne habla de una instauración incruenta de la II República, de ahí el sentimiento de esperanza y euforia suscitado entre los españoles. Es de esperar que en los próximos textos nos hable de todo lo contrario: Violencia y desesperanza como consecuencia de una República sectaria diseñada en exclusiva para los partidos izquierdistas.


Nueva madurez cívica (3)
En las grandes ciudades, el nacimiento de la Segunda República suscitó una espectacular explosión de entusiasmo popular, un sentimiento de esperanza y euforia que constituyó la variante española del amplio anhelo por cierta clase de nuevo orden humano, tan extendido e intenso en Europa entre la generación posterior a la Primera Guerra Mundial. Su instauración incruenta (en contraste con los tumultos ciudadanos y los pronunciamientos militares del siglo precedente) sugería una nueva madurez cívica. Algunas veces, se escucharon comparaciones con la Revolución francesa, pero a favor del nuevo régimen español, nacido sin violencia. En realidad, tal comparación favorable revelaba algo más que una pequeña confusión: la Revolución francesa había degenerado en represión y violencia en tan sólo tres años, de manera que cualquier paralelismo con España en su fase de máximo conflicto sólo podía esperarse en un estadio posterior, el cual también resultó ser bastante violento. Un paralelismo histórico más exacto podría haberse establecido con la proclamación de la Tercera República francesa en 1871, la cual, durante su primera década, adoptó una forma muy conservadora que reforzaba la estabilidad aunque estaba lejos del ánimo del nuevo gobierno español y sus seguidores.

La dificultad a la que se enfrentó España a la hora de consolidar una nueva democracia podría comprenderse mejor mediante ejemplos comparativos. Basándose en la cultura cívica, la tasa de alfabetización y el desarrollo económico, podría considerarse que, en 1931, España se encontraba, aproximadamente, al nivel que Gran Bretaña y Francia habían alcanzado hacia finales del siglo XIX. Hasta aquellos momentos, ninguno de esos países había tenido que hacer frente a pruebas políticas y sociales tan rigurosas como las sufridas por España en los años treinta. La Inglaterra victoriana poseía una de las economías más dinámicas a nivel mundial y la más larga de las tradiciones parlamentarias, aunque todavía no había introducido el sufragio universal masculino y mucho menos el voto femenino. La naciente Tercera República francesa se había enfrentado a una revuelta cuasi revolucionaria en París, que reprimió con una ferocidad comparable a la desplegada en la Guerra Civil española de 1936. De ahí avanzó hacia un sistema marcadamente conservador ya que, durante mucho tiempo, el movimiento obrero siguió siendo bastante débil en Francia, mientras que la sociedad española pronto se vería sometida a las severas presiones derivadas de movilizaciones de masas múltiples y contrapuestas.

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