domingo, 22 de noviembre de 2015

¿Qué encierra la alabanza de tu mayor enemigo? (498)

El equilibrio adecuado entre dos naciones vecinas suele darse cuando sus mandatarios poseen la dignidad y ética necesarias, por eso cuesta creer que estos dos se llevasen tan bien sin que uno le limpiase las botas al otro. Se admiten apuestas acerca de quién desempeñó el papel de limpiabotas.

Qué pensaría usted si de repente fuese ensalzado por su mayor enemigo. Digo bien, enemigo. Pongamos un ejemplo: Que deberíamos suponer si determinada historiografía afirmase que el cartaginés Anibal en ningún momento dejó de alabar a Roma y en particular a su general Escipión. Como poco debería sospecharse que hay gato encerrado detrás de los halagos. O bien, que quizá de un modo atolondrado uno no se está preocupando de poner los medios para defender lo propio. Porque no olvidemos que la alabanza suele ser la práctica de los tiranos destinada a confiar al enemigo, digo bien, enemigo, y así arrebatarle con mayor facilidad la presa que codician. Cuanto más, si se conoce que el receptor de las adulaciones suele hincharse como un pavo al recibirlas.

Pues algo similar ha sucedido recientemente: “Mohamed VI, muy satisfecho por el ‘nivel de concertación política’ con Zapatero. Es decir, el tirano marroquí, según la agencia MAP y recogido por Europa Press, envió a Zapatero un mensaje con motivo del Día de la Hispanidad, en el que manifestó su gran satisfacción por el “nivel distinguido de la concertación política permanente y constructiva” entre Rabat y Madrid y de las relaciones económicas y comerciales entre ambos países.


Si ese mensaje le hubiese llegado a Zapatero procedente de un gobernante democrático que trata a su pueblo con la liberalidad adecuada, además de celebrar la buena disposición del país vecino —no se olvide que nos separa tan sólo una alambrada— poco más podría añadirse aun cuando persistieran las mismas reivindicaciones territoriales de Marruecos, ya que éstas serían consideradas para consumo interno y alejadas convenientemente de cualquier acción de fuerza.

Pero no es el caso, porque ni Mohamed VI es un demócrata, sino un acreditado déspota, y nada hace pensar que haya renunciado a la rapiña de territorios ajenos e incluso al uso de la violencia dosificada para obtenerlos, como estamos viendo al otro lado de las fronteras de Ceuta y Melilla, ciudades españolas sobre las que el sultán presiona a través de la numerosa población musulmana que ha ido infiltrando en ellas —sin que los diversos gobiernos de España reaccionasen a ese descarado plan—, y convencido de que llegado el momento podrá lanzar a sus siervos, en cuantos altercados se precisen, contra los españoles de sendas ciudades.

Dejémoslo claro: Mientras en Marruecos todo se mueva a capricho de un tirano, del que nunca se sabe con qué pie va a levantarse o qué conflicto interno —fruto de sus muchas iniquidades— necesita acallar mediante escándalos en el exterior, sea contra Argelia, sea contra Mauritania, sea contra España, ese país será siempre nuestro mayor enemigo potencial y habrá que vigilar muy de cerca cuanto acontece. Desde luego en ningún caso pretender contentar al tirano con mansedumbres. O sea, con el método Zapatero, un fulano que solamente considera enemigos a los componentes del Partido Popular, únicos que hoy por hoy pueden desalojarle del poder, y que no deja de mostrarse como un amigacho con esos radicales y totalitarios con los que nunca duda en aliarse.

Fue tan descarado el nivel de servilismo de ZP al sultán, que hasta las caricaturas del momento resaltaron quién limpiaba las botas. 

Es más, un gobierno de España que hubiese deseado eliminar para los restos el grave riesgo de una guerra interminable con los sultanes alauitas, una dinastía tan corrupta como opresora desde 1666, no hubiese dejado de destinar partidas de armamento y dinero para crear un estado tapón en el Rif, puesto que sus habitantes, de mayoría beréber y a su vez oprimidos a conciencia por los sucesivos déspotas, hace muchas décadas que están deseando esa ayuda.


En resumen: O al modo clásico consideramos la alabanza procedente del tirano como un recordatorio de ciertos pactos no declarados. O, por el contrario, la interpretación vendría facilitada por la cita de Jacinto Benavente: “La adulación lo vence todo. Si el animal más bravo entendiese nuestro lenguaje, sólo con decirle ‘¡Qué bonito eres, animal, pero qué bonito!’, ya estaba domesticado”. Lo que ocurre es que no acabo de representarme a ZP, que fue Bambi, como un animal bravo.

Artículo revisado, insertado el 14 de octubre de 2008 en Batiburrillo de Red Liberal

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