miércoles, 4 de noviembre de 2015

España (artículo inédito) (478)

La maravillosa plaza de España en Sevilla podría ser un bello símbolo de nuestra patria. A quien haya recorrido el lugar le habrá ayudado a despertar el sentimiento de patriotismo observar que alrededor de tan admirados edificios se encuentros los escudos de todas las provincias españolas, en mosaicos de losetas esmaltadas a todo color. 

Al contrario de esos países de primera fila cuya unidad jamás cuestionan sus habitantes, España es una nación cargada de problemas que necesita una gran causa común para sobrevivir y comenzar a dejarse de despropósitos separatistas y lamentos pedigüeños de los que no poseen demasiada afición a doblar el lomo, y que cada cual asigne las regiones españolas que considere oportunas tanto al grupo de los pedigüeños como al de los vagos.

España no ha estallado ya en mil pedazos porque la mayoría de los españoles debemos ser de una pasta especial y, desde luego, porque hace tiempo que nos tomamos cualquier arbitrariedad a cachondeo, por muy marcada que ésta sea. Pero todo tiene un límite y en algunas regiones no andan muy lejos de superarlo, como consecuencia de la falta de un principio fundamental en cualquier nación: el de la autoridad del Estado. Evidentemente no hablo de ese Estado opresor y aficionado al latrocinio que tanto nos repele a los liberales, sino de un Estado si se quiere mínimo, cuya misión esencial es cumplir y hacer cumplir las leyes.


En tal aspecto, las situaciones más calamitosas se sucedieron a lo largo de la historia de nuestro país, sobre todo durante los siglos XIX y XX, cuando durante décadas el poder político fue precisamente de origen democrático y ello no impidió el abuso persistente de ese poder y de las fechorías partidistas, sin que el pueblo reaccionase a tiempo ni supiese organizarse para evitarlo, creándose un vacío democrático en la sociedad civil que jamás ha logrado evitar los desmanes de su clase dirigente. Un vacío que llega hasta nuestros días, cuando a los ciudadanos les resbala el tema de la cosa pública y se subrogan a favor de los partidos políticos para que se lo solucionen todo, desde la cuna a la sepultura. No existen grupos de presión con alguna actividad intelectual destinada a expandir la cultura democrática y a imbuirnos a todos un respecto al planteamiento clásico: “¿Qué puedes hacer por tu patria?”. Y los grupos de presión existentes, se manifiestan usualmente a favor del poder: Periodistas, profesores universitarios, sindicalistas, ONGs, gays y lesbianas, feministas, o los sedicentes artistas e intelectuales, también conocidos como "zejateros",  se limitan a ocuparse de su propio beneficio y huyen como de la peste a la hora de expandir una conciencia ciudadana limpia, no partidista.

Solamente un estamento, el militar, durante los siglos citados acabó a menudo por rebelarse ante esas arbitrariedades. Y lo que es peor, lo hizo usualmente tarde y mal, mediante pronunciamientos, golpes de estado y guerras civiles. Por otra parte, la institución monárquica casi nunca se ha pronunciado ante las crisis más graves, dejándose llevar a remolque de los acontecimientos. ¡Lamentable!

Durante los siglos anteriores al XIX y XX, España poseyó dos poderosas razones para mantener “entretenida” a su población y atada, en el mejor de los sentidos, al logro de misiones trascendentales: La larga etapa conocida como la Reconquista, negada como tal por algunos, y acto seguido la construcción de un gran Imperio, habitualmente declarado genocida por los mismos que niegan la Reconquista. En ambas causas nacionales, de las que junto a la guerra contra el francés cualquier nación se sentiría orgullosa al significar unas gestas inmensas, los antecesores de quienes hoy niegan su españolidad desempeñaron papeles brillantísimos. Me refiero a los vascos, los catalanes y los gallegos, abanderados las más de las veces del esfuerzo restaurador del solar patrio y de la construcción imperial, que es como debe llamarse al descubrimiento y conquista de enormes territorios en varios continentes. Y ello fue así, tal cual, por muy denigrada que en la actualidad aparezca la palabra “Imperio”.

Finalizaron los siglos de las grandes causas, con unas regiones españolas empobrecidas como consecuencia de la dejadez ancestral que cayó sobre ellas, más otros territorios no tan pobres pero sí muy despechados ante la pérdida de enormes mercados comerciales. La España del XIX no es que fuese de dos velocidades, es que podía tirarse una línea directamente sobre el Ebro y todo lo que quedase a la izquierda de esa línea simplemente malvivía en un mundo rural de jornaleros y caciques, salvo un pequeño núcleo en la zona centro, todo hay que decirlo, correspondiente a un Madrid aún sin industrializar la periferia, que le daba en parte la razón a los que todavía acusan a la capital de vivir a costa de las comunidades más laboriosas. Acusación que entonces tenía algún sentido, pero que hoy es un disparate mayúsculo.
 
He aquí un ejemplo de los mosaicos provinciales que se citaban en la imagen de cabecera

Y comenzó a balbucear algo nuevo: la democracia. De inmediato se formaron dos grandes corrientes políticas, liberales y absolutistas, que en el transcurso de los años vinieron a evolucionar en liberal-conservadores, de un lado, y liberales constitucionalistas, algo más a la izquierda. Ambas facciones fueron turnándose a lo largo de todo el período que se conoce como la Restauración, dejando siempre fuera de cualquier opción de gobierno a la derecha autoritaria, representada por el Carlismo, y a la izquierda radical, constituida entonces por minorías republicanas o de izquierdas revolucionarias, como los anarquistas y el PSOE, formación inicialmente marxista nacida el año 1879, cuyo ideario no abandonó hasta los tiempos de Felipe González.

En este encaje tan definido de unos partidos políticos que apenas innovaron nada durante décadas y que ralentizaron la modernización de España, las regiones al norte del Ebro, ahora liberadas de aportar sus mejores hombres a la acción nacional y a las grandes causas, se sintieron postergadas en la política del Estado, muy especialmente los catalanes a causa de su gran dificultad para la oratoria en castellano y el lucimiento en las Cortes, donde era preciso poseer una gran elocuencia si se aspiraba a triunfar en la política. Fruto de ese desdén que aseguraban sentir los políticos procedentes de unas regiones caracterizadas por su mayor iniciativa comercial y riqueza, comenzaron a surgir los movimientos regionalistas. Los catalanes y vascos, en menor medida los gallegos, no acababan de saber integrarse en la política nacional, luego la inquietud por la actividad pública se orientó a la creación de formaciones locales basadas en la reivindicación y la lengua. Había nacido el nacionalismo, inicialmente catalán y luego copiado por los hermanos Arana, que inventaron un pasado vasco que nunca existió, al que además le añadieron abundantes dosis de racismo.

Y así hemos llegado hasta nuestros días, en los que España carece de proyecto unitario alguno, salvo el de la improvisación diaria de los que mandan para mantenerse en el poder mediante el método de “aquí vale todo” —caso claro cuando manda el socialismo—, de modo que las grandes causas de siglos pasados —Reconquista e Imperio, Guerra de Independencia — no se han sabido trocar en espíritu de modernidad, educación de calidad, creatividad, excelencia profesional, investigación, patriotismo, justicia, libertad, solidaridad… y tantas otras metas que una nación cuyo gobierno se vista por los pies debe tener siempre muy presente. Al contrario: Educación de calidad, patriotismo y solidaridad, por citar tan sólo tres posibles grandes metas nacionales, son reivindicaciones risibles que mueven a guasa y a tachar inmediatamente de fascistas a los que las propongan. ¡Qué es eso de igualdad ante la Ley, qué disparate!

Sin embargo, desde hace años hay tres regiones españolas —acaso irán en aumento— cuyo respeto a las leyes que no les convienen es manifiestamente mejorable. Mentar en esas regiones el cumplimiento de la Constitución y las leyes que de ella se derivan es poco menos que exigirles un confesión de algo que están muy lejos de sentir, el patriotismo hacia España, cuya bandera prefieren omitir en los edificios públicos e incluso a veces trocarla por otra de carácter independentista.

Si yo tuviese que seleccionar un problema y marcarlo como el “más grave”, es decir, el más desestabilizador para la convivencia entre los españoles, seguramente escogería la situación política catalana, que me parece aún peor —fíjense con qué la comparo— que esa dictadura racista incrustada en el País Vasco. Una noticia reciente así lo demuestra. El titular de Libertad Digital es este: "La Generalidad aprueba que se expediente a un mosso por escribir en castellano". Y añade que Ciudadanos lo considera totalitarismo.

Artículo revisado e inédito, elaborado el 29 de marzo de 2008

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